Els jardins de les alberedetes dels Serrans, amb el bust de Pepino Benlliure i el record de l’antic estany, són un espai clau en la memòria d’infantesa de l’autora. En les seues obres memorialístiques apareixen com a lloc de passeig, jocs i llegendes familiars. El poema “Niños de las Alameditas de Serranos”, de Día del espectador (2002), recrea un instant íntim entre dos xiquets, que s'atrauen amb les mirades, conscients que les seues vides mai no es creuaran.
NIÑOS DE LAS ALAMEDITAS DE SERRANOS
I
Con ropas colegiales alborotadas, surgen,
se acercan a la hora azul del río.
(...)
La niña –ojos de verdín al viento
dejó el árbol. En él su mano impresa,
y regresó a sí misma,
recobrando misterios
de identidad difusa,
aquello suyo más verdad perdida.
El niño, algo mayor, que conocía
lo que la soledad era de amarga tierra,
lanzaba carabelas de pan roto al lago
de peces de colores, y sabía
que el bronce aquel dormido
de Pepino Benlliure, despertaba
si lo mirabas fijo y en silencio
ciertos días de lluvia.
Contemplaba a la niña. Estaba solo.
Por eso la tristeza le acercaba
su fraternal fantasma. Y era suya.
Se miraron. Temían al silencio.
(...)
La niña se escondía en sus adentros
para entender aquel adiós sin nombre
que instalaba su urgente queja en ella.
Interrumpían la mirada: “Vamos”.
Un contacto de eléctrica inocencia
casi una anunciación mínima, rota.
Lágrimas subterráneas
en la niña que arrastran y se aleja
no queriéndose ir, y el compañero
en tristeza infantil de una mañana.
